EL CLUB

Nuestra historia. Por Cesar Benvenuto (Socio Fundador de Universitario de Mar del Plata)

Es mi intención recordar y revivir esos inolvidables momentos que pasamos durante los primeros días y años en el club que con tanto cariño y esperanzas fuimos creando.

Claro que pasado tanto tiempo esos recuerdos no son muy precisos en el tiempo, pero sí se mantiene intacta la satisfacción personal que he sentido y el orgullo de haber integrado un conjunto de personas de la ciudad que contribuyeron  y dejaron a las generaciones posteriores, lo que hoy es el CLUB UNIVERSITARIO DE MAR DEL PLATA.

Con la finalidad de recordar  dentro de las posibilidades con que cuento – solamente, la memoria y el cariño de tantos años –  mis experiencias personales referentes a la fundación del club. Sepan disculpar los yerros y apreciar la historia que comenzó hace 50 años, pero que afortunadamente continúa a través de las generaciones actuales y Dios quiera que lo sea para siempre.

A mediados del año 1960 el Dr. Osvaldo Gabriel Nofal citó a un grupo de profesionales amigos y les propuso su idea sobre la necesidad de fundar en la ciudad un club que nucleara a los profesionales que en ella residían. Tal como he aclarado al comienzo, dado que no tengo constancias escritas de la fecha de la reunión ni tampoco el nombre de las personas citadas, me he basado solamente en la memoria.

La citada reunión se llevó a cabo en el estudio jurídico del Dr. Nofal, en la calle Córdoba esquina Bolívar. El resultado de la misma fue que todos los asistentes estuvieron de acuerdo con la propuesta y la aprobaron no solo con su palabra, sino que también la sostuvieron con hechos concretos y sin sentimientos de protagonismo excesivo.

En mi caso particular, traía la impronta de mi paso como socio de los clubes CUBA y GEBA de la Capital Federal y el sueño de replicar en mi ciudad algo parecido.

Se convino entonces que en una próxima reunión se firmarían los papeles para dar inicio “legal” a la fundación del club.

En la citada reunión se firmó el Acta Constitutiva de una sociedad civil sin fines de lucro, denominada Club Universitario de Mar del Plata, y se definió, lo que ha quedado  plasmado en ese histórico documento, a saber:

  1. la decisión de la fundación del Club
  2. los objetivos del mismo
  3. aprobación de un Estatuto Provisorio, en un todo de acuerdo al modelo que entregaba la Dirección Provincial  de Personas Jurídicas, con unos mínimos cambios: a) integración de la Comisión Directiva, b) tipo de asociados, c) monto de la cuota mensual;
  4. se determinó que la Sede Legal se establecía en el domicilio del Estudio Jurídico del Dr. Nofal, situado en calle Córdoba esquina Bolívar de Mar del Plata.

Se procedió a continuación a designar la integración de la Comisión Directiva Provisoria, y como es de rigor, todos los presentes firmaron el Acta.

Por otra parte se establecieron plazos para distintas tareas que integrantes de la misma,  debían  llevar a cabo.

Lamentablemente, el tiempo ha borrado de mi memoria la certeza de los nombres de las personas que asistieron a dicha reunión y firmaron; como tampoco la fecha de la misma, de lo que podría pedirse en Personas Jurídicas una copia para que quede enmarcado tan importante hito en la Secretaría del Club.

Quienes nos constituimos  y firmamos el Acta Constitutiva, tenemos el orgullo de sabernos y denominarnos: los Socios Fundadores del Club.

Esas tareas que se les asignaron a los integrantes de la CD, consistían en:

  • difundir la creación del Club e incorporar socios
  • efectuar ante la Dirección Provincial de Personas Jurídicas todas las gestiones necesarias para lograr la inscripción del club y obtener la correspondiente Matrícula
  • obtenida la citada inscripción y por supuesto la legalidad de la existencia de la novel institución, llamar a elecciones para conformar  la primera Comisión Directiva
  • mientras tanto y habiendo tenido conocimiento de que distintos grupos de profesionales residentes en la ciudad deseaban lograr poner en funcionamiento esta nueva entidad, se convino en que una de las mejores maneras de reunir a los profesionales – por lo menos en esa etapa – era organizar alguna competencia  deportiva, comenzándose por un torneo de fútbol.

Para ello se conversó con los distintos colegios de profesionales o con algunos en forma personal dado su interés, y se les propuso que fueran armado equipos por profesión, y en caso de no poder completar alguno incorporar a otros también interesados en iniciar esta nueva etapa en la vida deportiva y social de nuestra ciudad.

Pero por supuesto para armar el torneo, sus fechas y horarios, faltaba contar con el espacio físico que ese deporte necesita, tema que en el momento no tenía solución pues, como he  explicado anteriormente, el único espacio físico del club era la oficina del Dr. Nofal.

Mientras se sucedían esas acciones se aprobó el Banderín que representaría al Club, del que tengo en mi poder un original que guardo con celo y enorme cariño, entre mis bienes más preciados.

Paralelamente se iniciaron gestiones para poder poner en marcha el citado Torneo de Fútbol y al respecto se convino con el Club San José poder utilizar una cancha de fútbol que esa institución poseía en el Barrio Las Heras. Y por supuesto el torneo se inició de inmediato, allá por octubre o noviembre del año 1961.

El tema era que para llegar a la cancha del Club San José – recordemos que estamos en el año 1961 – había que ir por la Avda. P. P. Ramos hasta llegar a su terminación, tomar hacia la derecha por la calle Génova, por la que luego de dos cuadras asfaltadas –  se encontraba la Unidad Sanitaria Municipal del Barrio El Martillo – y luego se entraba en una zona de tierra y piedras bastante difícil de transitar.

Cuando la calle Génova se terminaba – realmente parecía que habíamos llegado al campo, teníamos que doblar a la izquierda y luego – al encontrar  unos silos – doblar a la derecha y a unas pocas cuadras llegábamos – por fin – al destino.

Toda una odisea. Casi “un rally“.

Había que tener muchas ganas de jugar ese torneo e iniciar una nueva actividad social, pero no obstante los domingos nos encontrábamos con nuestras familias  en esos parajes y volvíamos pensando en el próximo fin de semana.

Deseo dejar constancia que en mi caso – como en tanto otros – que nos movilizábamos en motoneta nos era imposible transportar a nuestro hijo de meses, pero uno de nuestros amigos, el arquitecto Copello, lo llevaba con su familia en su “Heinkel“.

Estimo que utilizamos ese predio hasta casi  mediados del año 1963.

Mientras tanto, por otro lado, seguían las tramitaciones para lograr la Personería Jurídica, y se presentó la oportunidad de adquirir un predio sobre la Avda. Libertad. Cuatro manzanas y el casco – muy simple – de una estancia, incluido un cuidador y su familia. Estamos ahora en el Barrio Libertad, y ¡ya éramos propietarios!

Para llegar a nuestra propiedad, transitábamos por la Avda. Libertad hasta que terminaba su asfalto, y luego de unas diez cuadras de tierra nos encontrábamos con la tranquera de acceso.

El problema principal se producía cuando llovía, pues esa avenida se transformaba en un verdadero lodazal, y se nos hacía dificultoso encontrar el paso, a través de un  zanjón, para traspasar la ansiada tranquera.

No obstante durante ese citado año 1963  comenzamos a conocer “nuestra propiedad“, se iniciaron tareas de relleno en algunos sectores y de nivelación para proceder a marcar nuestra primera cancha de fútbol y poder de esa manera proseguir los torneos.

Ya para antes de finalizar el año 1963 se comenzó a utilizar, aunque precariamente,  esa propiedad. Recordemos que se contaba con un edificio con algunos servicios elementales y con una familia de caseros realmente envidiable (lamentable no recuerdo sus nombres) que desde un principio nos atendió maravillosamente e instaló hasta un pequeño buffet.

A partir de ese momento se inició nuestra verdadera vida y actividad social y deportiva en predio actual. Concurríamos con nuestra familias – nos tocara jugar o no en ese día – pues realmente nos sentíamos como en casa, en el campo, y atendidos realmente muy bien.

Recuerdo que nuestros hijos, entre los tres y los seis o siete años, concurrían y disfrutaban de ese gran espacio, de los pocos juegos existentes, de los que ideaban entre ellos aprovechando los árboles y los espacios verdes,  y también de una pequeña cancha de fútbol que además se les construyó, mientras nuestra señoras se reunían bajo las arboledas o en un pequeño espacio de la casa.

No pasó mucho tiempo hasta que se presentó la oportunidad de adquirir otros terrenos anexos que permitieron completar la actual superficie de tierra que posee  en la actualidad, nuestro querido Club Universitario de Mar del Plata.

Inmediatamente se iniciaron trabajos de desmontes y nivelaciones, se  ampliaron las dimensiones de la cancha de fútbol y se “colocaron las haches de una cancha de rugby“, que era una de las aspiraciones de muchos de los chicos que concurrían al Club. Y hacia  un costado de la misma se trasladó nuestra nueva cancha de fútbol.

Luego de estos primeros años de intensa actividad social, pues así los recuerdo,  – estamos ya aproximadamente en el año 1967 -,   diversas situaciones y exigencias personales  me fueron alejando de concurrir y encontrarnos en el Club (como a tantos otros), pero no obstante sin dejar de mantener amistades.

En este momento, siento la necesidad de mencionar y homenajear a algunos de los muchos profesionales que de alguna forma fueron – fuimos – los que con enorme placer sentaron las bases del Club Universitario de Mar del Plata.

Esos nombres, que a muchos de los lectores sonarán conocidos, pertenecen a importantes personalidades de la ciudad que además de fundadores de un sencillo club social y deportivo, les pertenece una gran parte de la historia de nuestra ciudad. Se trata de: Jorge Bouzas (médico)  –  Farro (médico)   –  Caracassis (médico)  –  Adolfo Domijan (abogado)   –  Carlos Spinelli (abogado)   –  Horacio Dente (odontólogo)  – Ubieta (odontólogo)  –  Marty  (ingeniero)  –  Copello  (arquitecto)  – Estifique  (contador)  –  Echavarría (contador)   –  Mucci  (contador)  – Arregui (médico)  –  Pablo Slavin  (abogado)  – Eduardo Arias (odontólogo)  –  Ortega (abogado) –  Martín (agrimensor)  – Rubén Crego  (abogado)   – Wenceslao Tejerina (abogado)  – De La Torre (médico)   – Méndez (arquitecto) – Saúl Mendoza  (médico) – Puga (odontólogo )  – Cassattis  (médico) y  muchos otros cuyos nombres lamentablemente  no recuerdo en este momento. A todos pido disculpas si se enteran de esta cita incompleta y sin valiosos detalles, pero creo haber rendido sincero homenaje a su concurrencia, asistencia y perseverancia en los compromisos adquiridos, los que en mayor o menor medida hicieron del club Universitario de Mar del Plata, una realidad.

Por otro lado, deseo que se reconozca la tarea que llevaron a cabo el abogado y ex juez Carlos Spinelli y Liliana,  su Señora Esposa  – con quienes en algunos momentos nos encontramos actualmente en alguna esquina de nuestra ciudad – pues nunca faltaron a sus compromisos con el Club.

Por favor, pido al lector que no tome esta enumeración, de un modo taxativo. Ciertamente, habrá que reconocer en los 50 años de vida, muchísimas otras personas que continuaron y engrandecieron esta magnífica obra. A ellos, que seguramente serán mencionados por los que me sucedan en esta difícil tarea de reconstruir la historia, mi agradecimiento y gratitud.

Y para terminar, un sincero deseo de éxito y progreso para los actuales socios, jugadores, padres, colaboradores, dirigentes y familias que componen el gran club Universitario. Sepan todos, la importancia de su labor cotidiana en el crecimiento y vigencia de un humilde proyecto que se perpetúa en el tiempo y contribuye con nuestra querida comunidad marplatense.